La libertad de pensar

By lastreserres en 2 de noviembre de 2020 0

El (mal) uso del plástico nos atormenta, pensamos que se ha convertido en un mal endémico tan difícil de erradicar como necesario, porque aún desconocemos todos los efectos nocivos que tiene y tendrá tanto en el medio ambiente como en nuestro propio cuerpo, pero no es lo único que nos preocupa. En realidad, creemos que todo el que se acerca al abismo que supone el despropósito del reciclaje (nos ha pasado, hemos comprobado que todo se retroalimenta), es porque en su interior subyace una preocupación por lo que pasa a su alrededor y descubre la caja de pandora. Cambio climático, sostenibilidad, hambre, refugiados, desigualdad, racismo, xenofobia, heteropatriarcado, etc. Son una realidad en nuestro día a día. En un mundo globalizado, recargado de información, tan habituado a la desgracia ajena que permanece impasible ante el bombardeo de noticias que le invitan a que reaccione. ¿Pero cómo reaccionar?, mejor, ¿queremos reaccionar? Vivimos rodeados de normas morales anacrónicas e incapaces de sublevarnos. Ejemplaricemos. El cambio climático, tan real, producto de años y años de mala industria, deforestación, ganadería y agricultura excesiva, transporte contaminante y un largo etcétera se ha convertido en un foco de conflicto entre países, negacioncitas y activistas entablan una lucha por el uso responsable de los recursos del planeta. Y nosotros, que deberíamos ser los actores principales de esta película de serie B de Michael Bay, miramos hacia otro lado o lo que es peor nos unimos al, tranquilos, no pasa nada. Normalizamos. La realidad es que hay mucha gente (gracias a todos los dioses, habidos y por haber) que lucha por que el planeta no sufra la locura a la que intentamos someterla y contra aquellos que hacen lo (im) posible para que todo quede soterrado e invisible. Pues visibilicemos. Apoyemos incondicionalmente a Greenpeace, WWF y a la horda de ONG enfurecidas en su heroica causa, que nos acerca a la realidad que nos intentan esconder, que destapa todo aquello que por nuestro desconocimiento (ya se han encargado de que eso no suceda) ignoramos que sea perjudicial tanto para nosotros como para el planeta. Pero vayamos más allá. Quedarnos en ese apoyo económico o compartiendo en redes sus contenidos, aplacando nuestra doble moral, evidentemente, no es suficiente. Ser consecuentes con esta forma de ver como se nos muestra la vida, sí. Reducir, y volver a reducir todo ese consumo excesivo y no cerrar los ojos ante las injusticias que suceden delante de nosotros, también. Comencemos a hacer un cambio real, se nos acaba el tiempo.